Por Raquel Warburg / SunnyNews & FMGN
Tiempo, privacidad, experiencias auténticas y destinos alejados de las multitudes están redefiniendo los viajes premium. El “slow luxury” gana terreno entre las nuevas generaciones y combina hoteles de alto nivel con mercados locales, artesanos, gastronomía, naturaleza y una forma mucho más pausada de descubrir el mundo.

Hubo una época en la que viajar con lujo significaba volar en primera clase, alojarse en un hotel cinco estrellas, cenar en restaurantes exclusivos y regresar con fotografías de lugares reconocibles al instante.
Ese concepto está cambiando.
Una nueva generación de viajeros de alto poder adquisitivo comienza a valorar algo mucho más difícil de comprar: tiempo, tranquilidad, privacidad y una conexión auténtica con el lugar que visita.
Es la era del Slowxury, también llamado slow luxury, una tendencia que fusiona dos conceptos que durante mucho tiempo parecieron pertenecer a mundos diferentes: viajar despacio y viajar con lujo.
El resultado puede ser dormir en un pequeño hotel extraordinario y al día siguiente comprar productos en un mercado junto a los habitantes del lugar; pasar una tarde en un spa y otra aprendiendo una técnica con un artesano; disfrutar una cena sofisticada y también sentarse a la mesa de una familia local.
El lujo deja de ser únicamente aquello que se posee para convertirse en cómo se utiliza el tiempo.
Del lujo visible al lujo que se siente
El Slowxury comparte buena parte de su filosofía con otra tendencia que atraviesa la moda, la hotelería y el diseño: el quiet luxury, o lujo silencioso.
En ambos casos desaparece progresivamente la necesidad de ostentar.
Importan la calidad, los materiales, el servicio, la personalización y, sobre todo, la experiencia.
Una investigación internacional realizada entre más de 5.000 viajeros y citada por Travel Weekly reveló que el 52% de la Generación Z y el 47% de los Millennials prefieren gastar en experiencias de viaje hiperlocales y personalizadas antes que destinar ese dinero al lujo tradicional, como vuelos costosos, compras o restaurantes exclusivos.
El cambio también aparece en The New Luxury Travel Playbook: el confort encabeza las prioridades para el 34% de los viajeros premium y los Millennials constituyen la mayor proporción de los llamados “aspiring luxury travelers”, consumidores que aspiran a experiencias de alto nivel pero reinterpretan qué significa realmente el lujo.
Un mercado que ya mueve miles de millones
El fenómeno está directamente relacionado con el crecimiento del slow travel.
Las estimaciones recogidas por la industria sitúan actualmente este mercado global por encima de los 106.000 millones de euros.
Y recién estaría comenzando. Con un crecimiento medio cercano al 12% anual, podría aproximarse a los 239.000 millones de euros en 2033, lo que supondría un incremento de alrededor del 125%.
Las nuevas generaciones están empujando buena parte del cambio. Análisis de Bank of America indican que el gasto en viajes de la Generación Z aumentó 8,5% durante la primera mitad de 2026. Pero quizá el dato más revelador no sea cuánto quieren gastar sino dónde quieren hacerlo.

El lujo de estar donde no está todo el mundo
Una encuesta de Skyscanner entre 22.000 viajeros de diferentes países encontró que más de un tercio busca activamente destinos más tranquilos.
En Europa, la European Travel Commission también detectó un crecimiento del interés por el turismo lento, que pasó del 22% al 26%.
Después de años en los que las redes sociales impulsaron a millones de viajeros hacia los mismos lugares y las mismas fotografías, aparece una reacción en sentido contrario.
Evitar las multitudes comienza a ser un lujo. El Luxe Report 2026 incluso identifica al “crowd control” como una de las grandes tendencias que definirán los viajes de alta gama: poder disfrutar de un destino sin quedar atrapado en el overtourism se convierte en parte de la experiencia premium.
Eso puede significar visitar una ciudad famosa fuera de temporada, recorrerla al amanecer, elegir pueblos pequeños en lugar de capitales saturadas o descubrir regiones rurales que hasta ahora permanecían fuera de los grandes circuitos.

De las Dolomitas a Armenia, Grecia o Japón
La filosofía Slowxury no pertenece a un país determinado.
Italia encuentra en sus pequeños pueblos, las Dolomitas, las Langhe, Umbría, Puglia o islas como Procida un terreno natural para desarrollarla.
Pero la misma idea puede trasladarse prácticamente a cualquier continente.
Puede ser compartir una comida con una familia en Gyumri, Armenia; recorrer mercados y pequeños restaurantes acompañado por un residente en Salónica; disfrutar rituales de bienestar frente al Egeo en Mykonos; alojarse en un ryokan tradicional japonés; atravesar los Alpes en un tren panorámico o pasar varios días en una propiedad rural lejos de los circuitos convencionales.
El destino importa, pero la forma de experimentarlo importa todavía más.

Diez experiencias que explican el Slowxury
No existe un manual único, aunque determinadas experiencias resumen muy bien esta nueva filosofía de viaje.
Una cena privada con una familia local permite conocer una cultura desde un lugar al que difícilmente llega el turismo convencional.
Una clase de cocina puede comenzar comprando ingredientes en el mercado y visitando personalmente al productor antes de entrar en la cocina.
Las visitas privadas a pequeñas bodegas reemplazan los recorridos multitudinarios por conversaciones con quienes elaboran el vino.
Los talleres con artesanos permiten trabajar cerámica, tejidos, madera, cuero o joyería y regresar a casa con algo hecho por el propio viajero.
También crecen el foraging acompañado por especialistas locales, las estadías en propiedades históricas vinculadas a actividades agrícolas, los recorridos de pequeños pueblos con sus propios residentes y las experiencias de bienestar basadas en tradiciones del lugar. Y hasta el transporte cambia de significado.

Cuando llegar lentamente también es parte del viaje
Durante décadas, uno de los símbolos del lujo fue llegar cuanto antes. El Slowxury propone casi lo contrario.
Un tren panorámico puede resultar más deseable que un vuelo corto. Una carretera secundaria puede tener más sentido que una autopista. Y detenerse dos noches en un pueblo que originalmente era apenas un punto en el mapa puede convertirse en el mejor recuerdo del viaje.
El desplazamiento deja de ser tiempo perdido y se transforma en parte de la experiencia. No se trata necesariamente de viajar durante más días. Se trata de hacer menos cosas y vivirlas mejor.

El lujo más escaso: el tiempo
El cambio plantea además un desafío para hoteles y destinos. Una habitación espectacular ya no alcanza por sí sola.
El viajero Slowxury espera que la hospitalidad funcione como puerta de entrada al territorio: acceso a productores, gastronomía local, naturaleza, cultura, artesanos y experiencias que no parezcan fabricadas exclusivamente para turistas.
Como resume Ron Pohl, presidente de WorldHotels, el viajero de lujo contemporáneo ya no se pregunta solamente adónde va, sino cómo va a vivir ese lugar.
La industria considera que esta forma de viajar podría quedar plenamente incorporada al turismo premium hacia 2027. Y quizá la paradoja sea justamente esa.
En una época obsesionada con llegar rápido, conocer más lugares y mostrar cada experiencia inmediatamente, el verdadero lujo empieza a ser poder detenerse.
Sin correr. Sin multitudes. Sin una lista interminable de cosas que marcar como realizadas.
Solo disponer de tiempo suficiente para sentir que, aunque sea durante unos días, realmente se estuvo allí.











Dejá una respuesta