Por Ariel Ferrero / SunnyNews & FMGN
Con cerca de 50.000 visitantes, más de un centenar de marcas y cientos de productos en competencia, Buenos Aires volvió a convertirse en la capital mundial del alfajor. La quinta edición del Campeonato Mundial coronó a una creación de Catamarca, pero dejó una imagen todavía más potente: pocas cosas representan hoy a la Argentina de una manera tan sencilla, popular y reconocible como dos tapas, un relleno y una cobertura.

BUENOS AIRES.- Cabe en una mano, se compra en un kiosco, acompaña un café, viaja en una valija y despierta discusiones casi futboleras sobre cuál es el mejor. El alfajor es mucho más que una golosina. Es uno de esos productos capaces de resumir parte de la identidad de un país.
Y si el dulce de leche, el mate, el asado o las empanadas forman parte de la enorme vidriera gastronómica argentina, el alfajor tiene una ventaja particular: puede viajar por el mundo envuelto individualmente y llevar consigo un pequeño pedazo de la Argentina.
Eso volvió a quedar demostrado durante el fin de semana largo del 15 al 17 de agosto, cuando SunnyNews recorrió en Buenos Aires la quinta edición del Campeonato Mundial del Alfajor, realizada en BA Ferial, el predio del ex Centro Costa Salguero.
El encuentro reunió a más de un centenar de expositores y productores argentinos y extranjeros, con representantes de países como Uruguay, Brasil, Chile, Estados Unidos, Ecuador, México, Canadá, España, Nueva Zelanda e Islas Turcas y Caicos. En la competencia participaron cientos de alfajores, evaluados mediante una cata a ciegas por un jurado especializado.

Y el mejor del mundo quedó en casa
Después de tres jornadas, el gran premio tuvo destino argentino.
El Rodeo Alfajores, de Catamarca, fue elegido como el Mejor Alfajor del Mundo 2026, gracias a una creación que se aparta incluso de la fórmula más tradicional: tapas de vainilla, dulce de higo, nueces, coco y un toque de dulce de leche, terminada con baño glacé.
El producto catamarqueño obtuvo además el primer puesto en la categoría de alfajores de fruta.
El resultado tiene una carga simbólica especial. En un campeonato internacional celebrado en Buenos Aires y con productos llegados desde distintos rincones del planeta, el título mayor volvió a poner en primer plano la producción artesanal y regional argentina.
Según medios que cubrieron el encuentro, alrededor de 50.000 personas pasaron durante las tres jornadas por BA Ferial, donde se entregaron distinciones en 19 categorías.
Una golosina que se convirtió en identidad
Hay alfajores industriales y artesanales. De chocolate negro y blanco. De maicena. Con glasé. Con dulce de leche, frutas, mousse, ganache, frutos secos y combinaciones que hace algunos años habrían parecido impensadas.
Pero detrás de esa diversidad hay una misma historia: la Argentina convirtió al alfajor en algo propio.
Su origen histórico no nació en estas tierras —sus antecedentes se remontan a la tradición árabe y española—, pero fue en la Argentina donde adquirió una dimensión difícil de encontrar en cualquier otro lugar.
Cada provincia terminó incorporándole algo de su paisaje y de sus sabores.
Están los alfajores cordobeses, los santafesinos, los marplatenses, los patagónicos y las numerosas variantes regionales. Hay pequeños emprendimientos familiares y gigantes industriales. Y ahora también existe una generación de productores que experimenta con ingredientes premium y recetas de autor.
El resultado es un universo que combina tradición, industria, turismo y gastronomía.

Más de 10 millones por día
Los números permiten dimensionar esa relación. En la Argentina se venden más de 10 millones de alfajores por día y estimaciones de la industria situaron el consumo durante 2025 en alrededor de 85 unidades anuales por habitante, convirtiendo al país en el principal consumidor mundial de esta golosina.
Es difícil encontrar otro producto de consumo masivo que atraviese de manera tan horizontal generaciones, regiones y niveles sociales.
Está en el kiosco de la esquina y en las tiendas gourmet. En la mochila de un chico y junto al café de una oficina. Se vende por unidad por unos pocos pesos relativos y también en sofisticadas cajas concebidas como regalos.
Y tiene otro territorio donde reina: la valija del argentino que viaja al exterior. Porque llevar alfajores a un amigo extranjero o a un argentino que vive lejos se convirtió casi en un ritual.

De la valija a las góndolas del mundo
Pero el alfajor ya no viaja solamente como souvenir. La demanda internacional viene ampliando su presencia en supermercados, comercios especializados y plataformas de comercio electrónico fuera del país. Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil se encuentran entre los mercados naturales por cercanía, aunque el producto también gana terreno en Estados Unidos, España, Italia, Canadá, Australia e Israel.
Y allí aparece una oportunidad que excede a la golosina.
En un mundo donde los viajeros buscan cada vez más productos vinculados con la identidad de los destinos, el alfajor posee casi todos los ingredientes necesarios para transformarse en una tarjeta de presentación gastronómica argentina: es reconocible, transportable, tiene historia, admite innumerables versiones y está profundamente asociado al dulce de leche, otro de los sabores emblemáticos del país.
Incluso existen alfajores argentinos que han recibido certificaciones oficiales como Sello Alimentos Argentinos y Marca País, una demostración de hasta qué punto el producto puede funcionar como embajador gastronómico.

Un pequeño embajador argentino
El Campeonato Mundial del Alfajor también muestra algo curioso. Argentina tomó una golosina que hizo propia y terminó creando alrededor de ella una competencia capaz de atraer productores de numerosos países.
Durante tres días hubo degustaciones, masterclasses, charlas, música, presentaciones y una competencia profesional en la que 25 especialistas analizaron las muestras a ciegas bajo más de 35 criterios sensoriales.
El alfajor dejó así de ser únicamente aquel dulce que esperaba junto a la caja del kiosco.
Se convirtió en una industria, en objeto de innovación gastronómica, en atractivo turístico y, cada vez más, en un producto exportable.
Quizás por eso, recorriendo los stands del Mundial en Buenos Aires, resulta inevitable pensar que el alfajor consiguió algo que muchas marcas persiguen durante décadas: que su sola presencia permita identificar inmediatamente un lugar de origen.











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