Por Ariel Ferrero / SunnyNews & FMGN
Mientras el Gobierno celebra un récord de turistas de países no limítrofes, las cifras completas muestran otra realidad: en el primer semestre de 2026 llegaron 12,3% menos viajeros extranjeros que tres años atrás. El déficit turístico, la pérdida de competitividad y la crisis del mercado interno exponen las debilidades de la política turística del gobierno de Javier Milei.

La política turística del gobierno de Javier Milei enfrenta una realidad difícil de ocultar detrás de los anuncios oficiales. Argentina recibió durante el primer semestre de 2026 un total de 3.115.089 turistas extranjeros, una cifra que representa 435.086 visitantes menos que en el mismo período de 2023, cuando se habían contabilizado 3.550.175 viajes de turistas internacionales.
La comparación implica una caída cercana al 12,3% y expone un retroceso significativo para una actividad estratégica por su capacidad de generar empleo, movilizar las economías regionales e ingresar divisas.
El dato adquiere todavía mayor relevancia porque 2023 fue un año en el que el turismo argentino todavía transitaba la reconstrucción posterior a la pandemia. Tres años después, y ya sin aquellas restricciones, el país todavía no consiguió recuperar ese volumen de turismo receptivo.

El récord que no cuenta toda la historia
El Gobierno eligió mostrar otra cara de las estadísticas. La Secretaría de Turismo, Ambiente y Deportes destacó que durante los primeros seis meses de 2026 ingresaron 1.434.001 turistas procedentes de países no limítrofes, el mejor registro de los últimos 25 años para ese segmento.
El secretario de Turismo, Daniel Scioli, atribuyó el resultado a una “decisión política clara” del presidente Javier Milei y mencionó entre las razones la política de Cielos Abiertos, la estabilidad, la seguridad, la facilitación de visados y las acciones de promoción internacional.
El crecimiento de los mercados de larga distancia es, indudablemente, una buena noticia para Argentina. El problema aparece cuando ese indicador parcial se presenta como fotografía del conjunto de la actividad.
Porque mientras aumentaron determinados mercados no limítrofes, el volumen total de turistas extranjeros permanece muy por debajo del registrado en 2023. Estados Unidos, España y Perú aparecen ahora entre los mercados destacados, pero el avance no alcanza para compensar el deterioro sufrido especialmente en los mercados regionales, fundamentales históricamente para el turismo argentino.
En otras palabras: Argentina consiguió mejorar la composición de una parte de su turismo receptivo, pero todavía recibe cientos de miles de turistas menos que tres años atrás.
Un país caro para sus vecinos
Uno de los grandes problemas es la pérdida de competitividad de Argentina frente a otros destinos de América Latina.
El encarecimiento relativo del país en dólares golpeó especialmente a los mercados limítrofes, precisamente aquellos capaces de aportar grandes volúmenes de visitantes por vía terrestre y aérea.
El fenómeno tiene además una contracara particularmente preocupante: mientras Argentina lucha por recuperar visitantes extranjeros, viajar fuera del país se convirtió en una alternativa atractiva para numerosos argentinos.
El resultado puede observarse en las cuentas externas. Durante el primer trimestre de 2026, el turismo registró un déficit estimado en US$3.184 millones. Los egresos vinculados con viajes al exterior alcanzaron US$4.825 millones, frente a ingresos por US$1.641 millones asociados a visitantes extranjeros.
La ecuación resulta incómoda para el relato oficial: Argentina puede tener más vuelos y más pasajeros en sus aeropuertos, pero eso no significa necesariamente que esté ingresando más turismo ni más dólares.
Más aviones no significan más turistas
La política de Cielos Abiertos constituye uno de los principales argumentos del Gobierno para defender su gestión turística.
Y existen resultados concretos. Durante el primer semestre de 2026 los aeropuertos argentinos movilizaron 24,56 millones de pasajeros, el mayor registro histórico para ese período, de acuerdo con cifras oficiales.
La mayor conectividad es positiva y necesaria. Pero confundir tráfico aerocomercial con crecimiento turístico supone mezclar indicadores diferentes.
Una parte considerable del incremento de pasajeros corresponde a argentinos viajando dentro y, especialmente, fuera del país. La conectividad por sí sola no garantiza turismo receptivo si Argentina pierde competitividad frente a destinos vecinos.
El verdadero desafío no consiste únicamente en conseguir que haya más aviones volando, sino en lograr que una proporción creciente de esos aviones traiga visitantes extranjeros que permanezcan en Argentina, consuman, se hospeden y generen divisas.
Menos Estado y menos promoción
A los problemas de competitividad se suma el debilitamiento de la política pública de promoción turística.
La reducción de estructuras, recursos y programas nacionales modificó el esquema con el que Argentina había construido durante años su presencia en mercados internacionales.
La promoción exterior quedó mucho más apoyada en acciones puntuales, provincias, destinos y empresas privadas, con una coordinación nacional menos visible que en etapas anteriores.
En una industria donde países competidores invierten agresivamente para conquistar viajeros, retirarse o perder presencia tiene consecuencias.
Argentina compite contra destinos que consideran al turismo una política estratégica de Estado y destinan recursos significativos a promoción, conectividad, infraestructura y posicionamiento internacional.
No alcanza con tener Patagonia, Cataratas del Iguazú, Buenos Aires, Mendoza, Salta o la Antártida. El turismo mundial es una competencia feroz por captar viajeros y divisas.
La otra crisis: los argentinos viajan menos dentro del país
El deterioro tampoco termina en las fronteras. El turismo interno atraviesa una situación delicada debido a la pérdida de capacidad de consumo de amplios sectores de la población y a la desaparición o reducción de mecanismos de estímulo que anteriormente ayudaban a sostener la demanda doméstica.
La temporada de invierno de 2026 volvió a encender las alarmas. Las proyecciones sectoriales ubicaron la ocupación hotelera nacional en apenas 46% durante la primera semana de vacaciones y 37% para la segunda, con establecimientos recurriendo a descuentos, promociones y congelamiento de tarifas para captar pasajeros.
El problema golpea especialmente a las economías regionales, donde hoteles, restaurantes, comercios, transportistas, excursiones y prestadores turísticos dependen directamente del movimiento de visitantes.
La combinación es particularmente peligrosa: menos extranjeros que en 2023, argentinos viajando masivamente al exterior y un mercado interno debilitado.

Un récord dentro de una caída
El récord de 1,43 millones de turistas procedentes de países no limítrofes merece ser destacado. Pero no puede utilizarse para ocultar la dimensión completa del escenario.
En turismo, elegir solamente el indicador favorable puede construir un buen comunicado de prensa. No necesariamente describe una buena política turística.
Tres años después de 2023, Argentina recibe 435.000 turistas extranjeros menos durante el primer semestre. Al mismo tiempo, la cuenta turística arroja un fuerte déficit de divisas y numerosos destinos nacionales enfrentan problemas para llenar sus hoteles.
La apertura aerocomercial puede ser una herramienta valiosa. La desregulación también puede generar oportunidades. Pero ninguna de las dos reemplaza una estrategia integral que combine competitividad, promoción internacional, conectividad, infraestructura, estímulos a la inversión y fortalecimiento del mercado interno.
Argentina posee algunos de los atractivos turísticos más extraordinarios del planeta. El problema no está en el producto.
Los números muestran que, por ahora, la política para convertir ese enorme potencial en más turistas, más divisas y mayor actividad económica está lejos de alcanzar los resultados que el país necesita.











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