Por Ariel Ferrero – SunnyNews & FMGN
La subida comienza temprano, bajo un sol intenso que cae sobre las montañas Yan, al norte de Beijing. Mientras los vehículos avanzan lentamente entre caminos estrechos y curvas pronunciadas, un hombre de 70 años espera en silencio al pie de una ladera empinada. Lleva un casco rojo brillante, un chaleco azul de trabajo y una calma difícil de explicar. Todos en la zona lo conocen como “Old Cheng”.
Su verdadero nombre es Cheng Yongmao y desde hace más de dos décadas dedica su vida a restaurar uno de los sectores más peligrosos y salvajes de la Gran Muralla China.
El tramo se llama Jiankou y no se parece a las imágenes turísticas que millones de viajeros conocen. Aquí no hay grandes multitudes ni caminos fáciles. Hay senderos de tierra casi verticales, piedras sueltas, vegetación espesa y torres antiguas suspendidas entre montañas abruptas.

La caminata para llegar hasta allí puede tomar horas. El calor golpea fuerte incluso por la mañana y los mosquitos acompañan cada paso. Mientras los visitantes se detienen para recuperar aire, Cheng mantiene un ritmo sereno, casi meditativo. Apenas se toma pausas para encender un cigarrillo o apoyar una mano sobre su bastón de trekking.
La Gran Muralla China recibe millones de visitantes cada año y sigue siendo uno de los mayores símbolos culturales y turísticos del planeta. Con más de 21.000 kilómetros de extensión acumulada entre distintos tramos históricos, representa una de las obras arquitectónicas más impresionantes jamás construidas por el ser humano.
Sin embargo, muchos sectores permanecen alejados de los circuitos turísticos tradicionales y enfrentan el desgaste del tiempo, el clima extremo y la erosión natural. Jiankou es uno de ellos: un tramo famoso entre aventureros y fotógrafos por sus pendientes dramáticas y su estado parcialmente salvaje.
Su vínculo con la muralla comenzó mucho antes de convertirse en restaurador. En 1973, con apenas 18 años, empezó a trabajar como aprendiz de albañil junto a su tío. Aprendió técnicas tradicionales de mampostería y pasó años perfeccionando métodos antiguos de construcción utilizados en edificios históricos chinos.

Con el tiempo, Cheng se transformó en uno de los especialistas más respetados en arquitectura tradicional. Incluso heredó conocimientos de una legendaria escuela de mampostería vinculada a la restauración de la Ciudad Prohibida y otras construcciones imperiales de las dinastías Ming y Qing.
En 2004 asumió su primer gran proyecto de restauración en la Gran Muralla y desde entonces trabajó en distintos sectores históricos hasta llegar finalmente a Jiankou en 2016.
La Gran Muralla China, en realidad, no es una sola estructura continua. Se trata de miles de kilómetros de segmentos construidos durante distintas dinastías a lo largo de unos 2.000 años de historia. Jiankou pertenece a la dinastía Ming y es considerado uno de los sectores más espectaculares y peligrosos debido a sus pendientes extremas y zonas parcialmente derrumbadas.
Para restaurarla, los trabajadores todavía utilizan métodos tradicionales. Mulas cargadas con bolsas de cemento atraviesan senderos imposibles mientras albañiles reconstruyen torres y caminos piedra por piedra. Aun así, la naturaleza sigue avanzando: entre los ladrillos brotan hierbas salvajes y pequeñas plantas que recuerdan que el tiempo nunca se detiene.
Cheng asegura que existe una regla fundamental para conservar la muralla: “reparar lo antiguo para mantener lo antiguo”.
Para él, el trabajo no es solamente una tarea técnica. Es una misión personal.
“Nuestros antepasados nos dejaron este patrimonio invaluable”, explicó. “Tenemos la responsabilidad de protegerlo”.











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