Por Carlos Mira – The Post & FMGN
(Especial desde EEUU).- La Argentina volvió esta semana a Nueva York con un mensaje que intenta ser claro para el mundo: el país quiere inversiones. En el marco de la llamada Argentina Week, funcionarios, empresarios y banqueros se reúnen en Manhattan para presentar una nueva narrativa sobre la economía argentina, una narrativa que gira alrededor de sectores donde el país tiene ventajas comparativas difíciles de discutir: energía, minería, agroindustria, economía del conocimiento e infraestructura.
Desde la lógica del largo plazo, el enfoque es correcto. Pocos países en el mundo tienen el potencial energético de Vaca Muerta, los recursos minerales del noroeste, la capacidad agroindustrial de la pampa húmeda o el talento tecnológico que surge de su sistema educativo. Argentina puede —y debería— ser una potencia en esos campos.
Pero ahí aparece el dilema central del modelo económico que hoy intenta construirse.
Los sectores en los que la Argentina es naturalmente competitiva no son, en general, grandes generadores de empleo masivo en el corto plazo. Son actividades intensivas en capital, tecnología y productividad. Generan riqueza, exportaciones y divisas, pero no necesariamente millones de puestos de trabajo en forma inmediata.
Al mismo tiempo, el país arrastra una estructura productiva que es exactamente lo contrario.
Durante décadas, la Argentina construyó una industria manufacturera artificial, sostenida por subsidios, proteccionismo extremo, regulaciones y transferencias permanentes del Estado. Muchas de esas actividades no nacieron de la competitividad sino del artificio político. Fueron diseñadas para sostener empleo en el corto plazo y alimentar narrativas populistas sobre “la defensa de la industria nacional”.
El problema es que ese sistema tuvo un costo monumental.
Protecciones arancelarias, tipos de cambio múltiples, subsidios energéticos, créditos dirigidos y transferencias fiscales terminaron creando un entramado productivo que sobrevive más por decisión política que por capacidad económica real. En muchos casos, se trata de industrias antiguas, con baja productividad, escasa integración tecnológica y nula competitividad internacional.
Ese modelo puede ser útil para la demagogia política. Pero es completamente inútil para el desarrollo de un país moderno.
El resultado es la paradoja que hoy enfrenta la Argentina.
El camino racional para integrarse al mundo pasa por potenciar sectores altamente competitivos que generan divisas y crecimiento de largo plazo. Pero ese mismo camino no resuelve automáticamente la urgencia social de una economía que necesita reactivar empleo después de décadas de estancamiento.
Cerrar el viejo sistema de subsidios industriales tiene un costo político inmediato. Mantenerlo, en cambio, condena al país a seguir atrapado en una economía de baja productividad, inflación estructural y déficit permanente.
Ese es el verdadero trasfondo de lo que se discute en Nueva York.
Los inversores internacionales no dudan de que Argentina tiene recursos extraordinarios. Lo que todavía observan con cautela es si el país tendrá la consistencia política necesaria para abandonar definitivamente el modelo económico que lo empobreció durante décadas.
Porque la pregunta de fondo no es si Argentina puede atraer inversiones. Puede.
La pregunta es si está dispuesta a dejar atrás el sistema económico construido para sostener relatos políticos antes que para generar prosperidad real.
Argentina Week, en ese sentido, no es solamente una agenda de reuniones financieras en Manhattan. Es también un recordatorio del momento histórico que enfrenta el país.
La decisión pendiente es si la Argentina quiere organizar su economía alrededor de sus verdaderas ventajas competitivas o si volverá, una vez más, a refugiarse en las viejas ilusiones de un Estado que subsidia lo inviable para sostener una ficción de prosperidad.











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