Por Ariel Ferrero – SunnyNews & FMGN
En momentos en que el turismo de naturaleza extrema y experiencias árticas posiciona a Groenlandia como uno de los destinos emergentes más deseados del planeta, la isla más grande del mundo quedó en el centro de una tormenta geopolítica sin precedentes. Estados Unidos podría verse obligado a pagar hasta US$ 700.000 millones si avanzara en el objetivo del presidente Donald Trump de adquirir el territorio, según una estimación elaborada por académicos y exfuncionarios estadounidenses familiarizados con el tema.
El cálculo surge de planes preliminares vinculados a la aspiración de Washington de incorporar a Groenlandia como un amortiguador estratégico en el Ártico frente al avance de Rusia y China. El monto estimado equivale a más de la mitad del presupuesto anual del Departamento de Defensa de Estados Unidos, lo que encendió alarmas tanto en Europa como en el Capitolio.
Groenlandia, territorio semiautónomo del reino de Dinamarca, no está en venta. Tanto Copenhague como las autoridades locales rechazaron de manera tajante las afirmaciones de Trump, quien llegó a sostener que Washington obtendría la isla “de una forma u otra”.
Diplomacia, presión y nerviosismo local
Pese al rechazo oficial, un alto funcionario de la Casa Blanca confirmó que el secretario de Estado Marco Rubio recibió instrucciones para elaborar una propuesta formal de compra en las próximas semanas, considerada internamente como una “alta prioridad” para el presidente.
Rubio y el vicepresidente JD Vance tienen previsto reunirse en Washington con representantes de Dinamarca y Groenlandia, que viajaron a Estados Unidos en busca de mayor claridad sobre las intenciones reales de la administración Trump.
“Groenlandia no quiere ser propiedad de Estados Unidos, ni ser gobernada por Estados Unidos”, afirmó la canciller groenlandesa Vivian Motzfeldt. En la misma línea, la ministra de Recursos Minerales y Comercio, Naaja Nathanielsen, reconoció que la presión política está afectando a la población: “Esto domina las conversaciones en los hogares. La gente está muy afectada, incluso con problemas para dormir”.

Base militar, turismo y recursos estratégicos
Estados Unidos ya dispone de margen legal para reforzar su presencia militar en Groenlandia bajo los acuerdos vigentes con Dinamarca. En la isla funciona la base espacial de Pituffik, clave para los sistemas de alerta temprana ante eventuales amenazas desde Rusia, en una región que también despierta creciente interés por sus recursos minerales críticos y su ubicación estratégica.
Algunos funcionarios estadounidenses comparan la situación con un alquiler ventajoso. “¿Para qué comprar la vaca si se puede obtener la leche a buen precio?”, ironizó una fuente cercana a las discusiones.
Entre las alternativas que evalúa la Casa Blanca figura un “compacto de libre asociación”, un modelo que combina asistencia financiera con cooperación en seguridad y presencia militar. Estados Unidos mantiene acuerdos similares con las Islas Marshall, Micronesia y Palaos, y esta opción sería considerablemente menos costosa que una compra directa.
Riesgo para la OTAN y rechazo social
La retórica de Trump, que no descartó explícitamente el uso de la fuerza, genera inquietud en la OTAN, ya que Dinamarca es miembro pleno de la alianza. Analistas advierten que cualquier intento coercitivo contra territorio de un socio atlántico podría derivar en una crisis interna sin precedentes.
En el Senado estadounidense ya surgieron reacciones: un grupo bipartidista presentó un proyecto para impedir el uso de fondos del Pentágono con el fin de tomar control de territorios soberanos de países miembros de la OTAN sin autorización explícita.
De excentricidad a estrategia
Durante su primer mandato, la idea de Trump de comprar Groenlandia fue considerada una excentricidad. En su segundo período, en cambio, la iniciativa es tomada muy en serio dentro de su administración y observada con creciente preocupación por los aliados europeos.
El trasfondo incluye el temor de Washington a que Groenlandia avance hacia la independencia y que su extensa costa ártica —unos 27.000 kilómetros— quede expuesta a la influencia de potencias rivales. Sin embargo, las encuestas son contundentes: alrededor del 85% de los groenlandeses rechaza formar parte de Estados Unidos.
Mientras el turismo ártico sigue creciendo y la isla se consolida como símbolo de naturaleza intacta y exclusividad extrema, Groenlandia se transforma también en uno de los tableros geopolíticos más sensibles del siglo XXI. La pregunta ya no es si Trump avanzará, sino cómo: presión económica, diplomacia reforzada o un nuevo esquema de asociación. La compra directa, por ahora, aparece como el camino más costoso y disruptivo.











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