Azerbaiyán, el país del fuego que sorprende entre ciudades futuristas y montañas del Cáucaso

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Por Raquel Warburg / SunnyNews & FMGN


Entre el Mar Caspio y las cumbres del Gran Cáucaso, Azerbaiyán combina la arquitectura futurista de Bakú, antiguas ciudades de la Ruta de la Seda, volcanes de barro, llamas que brotan de la tierra y pequeños pueblos de montaña que parecen detenidos en el tiempo.


Hay destinos capaces de cambiar completamente de paisaje en apenas unas horas. Azerbaiyán es uno de ellos.

A orillas del Mar Caspio, edificios futuristas conviven con ciudades medievales; a pocos kilómetros, el fuego surge naturalmente de la roca y los volcanes de barro transforman el terreno en un escenario casi lunar. Más al norte, pequeños pueblos se aferran a las montañas del Gran Cáucaso.

Todavía alejado de los grandes circuitos del turismo internacional, el país ofrece una combinación poco habitual de historia, naturaleza y modernidad, especialmente atractiva durante el otoño, cuando las temperaturas más suaves invitan a recorrer ciudades, sitios arqueológicos y paisajes montañosos.

Bakú, entre Oriente y Occidente

La gran puerta de entrada es Bakú, la capital, extendida frente al Caspio y marcada por el contraste entre su pasado y una arquitectura que mira decididamente hacia el futuro.

En pleno corazón de la ciudad se encuentra Icherisheher, la Ciudad Vieja declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO. Sus callejuelas medievales conducen al Palacio de los Shirvanshah, un complejo que incluye mezquita, mausoleo y hammam, y a la misteriosa Torre de la Doncella, una construcción monumental de piedra de unos 29 metros de altura.

Pero basta levantar la mirada para encontrarse con otra Bakú.

Las tres Flame Towers dominan el skyline con sus fachadas iluminadas, mientras que las curvas del Heydar Aliyev Center, diseñado por Zaha Hadid, se convirtieron en uno de los grandes símbolos de la transformación contemporánea de la capital.

Un paisaje de otro planeta

A aproximadamente una hora en auto de Bakú aparece Gobustán, donde el paisaje parece trasladar al viajero a otro planeta.

Su reserva conserva más de 6.000 grabados rupestres que permiten recorrer miles de años de historia humana a través de representaciones de animales, guerreros, embarcaciones, danzas y escenas de caza.

También sobreviven restos de cuevas, antiguos asentamientos y sitios funerarios utilizados hasta la Edad Media.

Entre sus curiosidades aparece una inscripción realizada por un soldado romano durante el siglo I y el gaval dash, una particular piedra que produce sonidos al ser golpeada.

Pero uno de los fenómenos más sorprendentes está un poco más lejos. Tras recorrer caminos de tierra —preferentemente en vehículos 4×4— aparecen los famosos volcanes de barro de Azerbaiyán, pequeñas formaciones que burbujean y expulsan barro desde el subsuelo.

Los famosos volcanes de barro de Azerbaiyán son pequeñas formaciones que burbujean y expulsan barro desde el subsuelo.

La montaña que nunca deja de arder

El fuego forma parte de la identidad histórica de Azerbaiyán, conocido precisamente como la Tierra del Fuego.

En la península de Absheron se encuentra Yanar Dag, a unos 40 minutos de Bakú. Allí, el gas natural que emerge del subsuelo mantiene encendida permanentemente una pared rocosa, creando la espectacular “Montaña de Fuego”.

El mejor momento para contemplarla es al caer el sol, cuando la oscuridad convierte las llamas en protagonistas absolutas del paisaje.

La visita puede combinarse con el cercano Templo de Ateshgah, testimonio de la relación milenaria de estas tierras con el culto al fuego.

Khinalug, un pueblo sobre las montañas

Para descubrir un Azerbaiyán completamente diferente hay que dirigirse hacia el Gran Cáucaso.

A más de 2.300 metros de altura se encuentra Khinalug, un pequeño pueblo del distrito de Quba incluido en el Patrimonio Mundial de la UNESCO por su paisaje cultural vinculado a la trashumancia.

Las casas de piedra parecen apilarse sobre las laderas y su comunidad logró preservar durante siglos tradiciones ancestrales e incluso una lengua propia.

Aquí el viaje se convierte en una experiencia de montaña, con senderismo, alojamiento en casas familiares y contacto directo con una cultura que permaneció aislada durante generaciones.

Khinalug también es punto de partida para trekkings de altura y cuenta con un pequeño museo etnográfico donde se conservan manuscritos y alfombras artesanales.

Shaki y la antigua Ruta de la Seda

Otro capítulo aparece en Shaki, histórica escala de la Ruta de la Seda rodeada por las montañas del Cáucaso.

Una de sus grandes joyas es el Palacio del Khan, rodeado de árboles centenarios y conocido por sus delicadas vidrieras shebeke, realizadas artesanalmente sin utilizar clavos ni pegamento.

La memoria de las antiguas rutas comerciales continúa presente en sus caravanserais, antiguos refugios para mercaderes y viajeros. Uno de ellos incluso fue transformado en hotel.

Y el recorrido tiene también un costado gastronómico: en los talleres y comercios tradicionales puede probarse la Sheki Halva, uno de los dulces más característicos de Azerbaiyán, elaborado a partir de una receta celosamente conservada.

Ganja y las aguas de Goygol

Hacia el oeste aparece Ganja, la segunda ciudad del país y accesible desde Bakú en aproximadamente cuatro horas de tren.

Después de recorrer monumentos como la Mezquita Shah Abbas, el viaje puede continuar hacia el Parque Nacional del Lago Goygol.

El paisaje vuelve a cambiar radicalmente: aguas transparentes, bosques densos y escenarios alpinos ofrecen un marco ideal para caminatas y trekking ligero.

Es otra cara de un país que parece guardar un paisaje diferente detrás de cada curva.

Un destino que todavía espera ser descubierto

Azerbaiyán concentra en un territorio relativamente pequeño experiencias extraordinariamente diversas.

Ciudades futuristas y fortalezas medievales, antiguos caminos de la Ruta de la Seda, volcanes de barro, montañas, pueblos remotos y llamas que emergen de la propia tierra.

Desde el moderno paseo marítimo de Bakú hasta las alturas del Cáucaso, el paisaje cambia constantemente.

Y quizá allí esté precisamente su mayor atractivo: viajar por Azerbaiyán significa tener la sensación de descubrir un destino nuevo prácticamente todos los días.


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