Messi, Trump y el espejo argentino: la hipocresía de quienes critican la visita a la Casa Blanca pero celebraban los abrazos de Maradona con dictadores

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Por Carlos Mira – The Post & FMGN

La escena ocurrió en Washington y, en rigor, no tuvo nada de extraordinario. El plantel del Inter Miami CF visitó la Casa Blanca para celebrar el título obtenido en la temporada 2025 y fue recibido por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Entre los protagonistas estuvo, naturalmente, Lionel Messi, capitán del equipo y figura central del fútbol mundial, quien le regaló al mandatario una pelota firmada. Un gesto simple, casi protocolar, dentro de una tradición estadounidense que desde hace décadas invita a los equipos campeones a la residencia presidencial.

Sin embargo, en Argentina el episodio desató una indignación moral que, más que decir algo sobre Messi, revela mucho sobre los argentinos.

Muchos de los reproches se apoyan en una comparación recurrente: “Diego Maradona nunca habría hecho algo así”. La frase, repetida con un tono de reproche moral, es llamativa por lo que olvida. Porque el mismo Maradona que hoy es invocado como ejemplo ético fue un fervoroso admirador y amigo personal de figuras como Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. No se trató de fotos casuales ni de ceremonias institucionales: fueron abrazos, declaraciones de apoyo y gestos de identificación política con líderes asociados a regímenes autoritarios.

Curiosamente, esos vínculos nunca despertaron en la Argentina la indignación moral que hoy se pretende desplegar contra Messi por una visita institucional al presidente del país donde trabaja.

Conviene recordar algo elemental. Trump no es un dictador ni un caudillo caribeño. Es un presidente elegido por el voto popular de los Estados Unidos. Podrá gustar o no, podrá ser criticado —como lo son todos los líderes democráticos—, pero su presencia en la Casa Blanca es el resultado de un proceso electoral, no de una revolución ni de un régimen de partido único.

Messi no fue a hacer política. Fue a participar de un acto deportivo que forma parte de una tradición institucional norteamericana.

Sin embargo, la virulencia de algunas críticas deja entrever algo más profundo. Para muchos, el problema no es la ceremonia sino Trump. Y detrás de ese rechazo aparece, de manera difusa, el conflicto geopolítico con Irán.

Pero entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué implica exactamente ese rechazo? Porque el mismo Irán está acusado de haber estado detrás de dos de los atentados terroristas más brutales que sufrió la Argentina: el ataque contra la AMIA en 1994 y el atentado contra la Embajada de Israel en 1992. Dos ataques que dejaron más de un centenar de muertos y miles de heridos.

Entonces la cuestión se vuelve incómoda. ¿La indignación contra Messi implica, aunque sea de manera indirecta, una simpatía hacia los enemigos de Estados Unidos? ¿O simplemente una hostilidad automática hacia todo lo que provenga de Washington?

Tal vez la explicación sea más simple y más antigua: el resentimiento estructural que una parte de la cultura política argentina mantiene desde hace décadas contra Estados Unidos. Un rechazo casi reflejo hacia un país que, con todos sus defectos, sigue siendo una de las democracias más estables y exitosas del planeta.

Ese resentimiento suele traducirse en una lógica infantil: si Estados Unidos está de un lado, hay que ubicarse del otro. Aunque ese “otro” esté representado por regímenes autoritarios, economías devastadas o gobiernos que persiguen a sus opositores.

La incoherencia llega a un punto casi grotesco cuando se recuerda otro episodio. En 2014, después del Mundial de Brasil, Messi se fotografió con la entonces presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner. Aquella imagen no generó escándalo ni acusaciones morales. Nadie dijo que el capitán de la selección estuviera “haciendo política”.

Entonces Messi era celebrado como un orgullo nacional.

Hoy, por entregar una pelota firmada a un presidente extranjero en una ceremonia deportiva, algunos pretenden convertirlo en un problema moral.

La pregunta inevitable es cuál es exactamente el criterio. ¿Messi es un símbolo admirable o un personaje reprochable dependiendo de con qué dirigente se saque una foto?

La discusión revela algo más profundo y más inquietante: la enorme confusión moral que atraviesa a la sociedad argentina. ¿Cuáles son, en definitiva, los modelos éticos que se proponen? ¿El de Maradona abrazando dictadores latinoamericanos o el de Messi participando de un acto protocolar con un presidente electo que dentro de pocos años dejará el poder porque así lo establece la Constitución?

La comparación, en cualquier país con un mínimo de claridad institucional, no debería ser difícil.

Y sin embargo en Argentina lo es.

Porque detrás de las críticas a Messi no hay solo una discusión deportiva ni siquiera política. Hay un caldo mucho más espeso que circula por los sótanos de la conciencia nacional: una mezcla de resentimiento, ideología mal digerida, fascinación por los caudillos autoritarios y una bronca persistente contra Estados Unidos por el simple hecho de ser un país exitoso.

Lo verdaderamente inquietante no es que ese sentimiento exista. Todas las sociedades tienen sus prejuicios.

Lo inquietante es que todavía haya gente que crea que con ese resentimiento se puede construir un país.

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Por Carlos Mira

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