Por Carlos Mira – The Post & FMGN
Fort Lauderdale dejó hace tiempo de ser solo una alternativa tranquila a Miami. Hoy es un destino con identidad propia: playas extensas, canales navegables, gastronomía en expansión y una hotelería que apuesta a diferenciarse a través de la experiencia. En ese ecosistema, dos propiedades sintetizan el espíritu del destino desde miradas distintas pero complementarias: el B Ocean Resort Fort Lauderdale Beach y el Kimpton Shorebreak Fort Lauderdale Beach Resort.
Ambos están a pasos del océano, pero proponen maneras diferentes de habitarlo.
Experiencia resort: playa privada, entretenimiento y vida social
B Ocean Resort se posiciona desde el inicio como un hotel pensado para quien quiere que la experiencia suceda dentro del propio alojamiento. La clave es su acceso a un tramo privado de la playa de Fort Lauderdale, un diferencial que transforma la estadía: reposeras exclusivas, servicio gastronómico frente al mar y la sensación de un espacio más contenido en un destino de alta circulación turística.

La infraestructura acompaña ese enfoque. El hotel ofrece dos piscinas con personalidad propia: una infinity pool frente al océano, diseñada para disfrutar del paisaje y la vida social del resort, y otra ubicada en el edificio principal, más tranquila, orientada al descanso.
La propuesta se expande hacia lo gastronómico, con cuatro restaurantes y tres bares que recorren distintos registros, desde opciones informales hasta experiencias más temáticas. Allí aparece uno de los sellos históricos del hotel: el Wreck Bar, conocido por sus espectáculos de sirenas bajo el agua, una combinación de show, coctelería y puesta escénica que se volvió marca registrada del lugar.

El huésped tipo del B Ocean es el que prioriza comodidad, servicios integrados y entretenimiento sin necesidad de salir del hotel. Gimnasio abierto las 24 horas, bicicletas para recorrer la ciudad, yoga en la playa los fines de semana y conectividad total completan una experiencia pensada para estadías activas, pero sin fricciones logísticas.
Espíritu boutique: diseño, calma y vida costera contemporánea

A pocas cuadras, el Kimpton Shorebreak ofrece una lectura distinta del destino. Más cercano al concepto boutique que al resort clásico, el hotel construye su identidad sobre el diseño, la escala humana y la conexión con el entorno.
El edificio se levanta sobre la historia del antiguo Escape Hotel, inaugurado en 1949 y recordado por haber sido el primero cercano a la playa en tener piscina y operar todo el año. Esa herencia se traduce hoy en una estética que mezcla lo retro con lo contemporáneo y en una atmósfera donde conviven la calma y la vida social.
El hotel despliega patios interiores verdes, espacios comunes pensados para la interacción y dos piscinas que funcionan como puntos de encuentro. El restaurante y el bar, de inspiración costera, refuerzan el vínculo con la identidad local y la cultura del sur de Florida.

Las habitaciones, luminosas y modernas, trabajan con tonos naturales y detalles de personalidad. No son espacios neutros: están diseñados para ser vividos. Incluyen bolso de playa equipado, toallas adicionales, colchoneta de yoga y pequeños gestos que invitan a salir, volver y repetir el ritmo del destino: playa, descanso, socialización.
Aquí la experiencia no se apoya en el espectáculo sino en el clima. Cócteles al atardecer, música en vivo, el paso de los yates a lo lejos y la posibilidad de alternar entre movimiento y pausa.
Dos hoteles, un mismo destino en transformación

Comparar ambos hoteles es, en realidad, entender la evolución de Fort Lauderdale. El destino dejó atrás la imagen de ciudad de paso para transformarse en un punto donde la hospitalidad se construye desde la identidad.
El B Ocean Resort responde al viajero que busca estructura, entretenimiento y la comodidad de un resort integral frente al mar. El Kimpton Shorebreak, en cambio, interpela a quien prioriza diseño, atmósfera y una experiencia más íntima y contemporánea.
Los dos, sin embargo, comparten una misma promesa: el acceso directo a la esencia del sur de Florida. Playa, sol, vida social, gastronomía y una estética donde lo relajado no está reñido con lo sofisticado.
Para el viajero argentino, especialmente, Fort Lauderdale aparece como una alternativa cada vez más atractiva dentro del mapa estadounidense: menos vertiginosa que Miami, pero igual de bien conectada, con hoteles que empiezan a competir no solo en servicios sino en relato y personalidad.
Y en esa competencia, estas dos direcciones funcionan como puertas de entrada a un mismo paraíso: uno más vibrante y expansivo; el otro, más introspectivo y de diseño. Ambos, frente al mar.











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